viernes, 13 de septiembre de 2013

RICARDO MARIÑO EN SANTA FE


En el marco de la Feria del Libro que se realiza en la ciudad de Santa Fe, el gremio docente AMSAFE organiza un dia´logo público con Ricardo Mariño, un referente de la literatura infantil.

Este prolífico autor de más de setenta libros publicados, nació en la ciudad de Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. A los veinte años se radica en la ciudad de Buenos Aires.


"– ¿Cómo fue tu encuentro con la literatura infantil? ¿La elegiste vos, o fuiste elegido por ella?
– Fue medio casual. Yo escribía cuentos "para adultos" y acababa de mudarme a Buenos Aires. Vivía con varios amigos que también escribían, y un día uno de ellos contó que había una editorial (Centro Editor de América Latina) que publicaba cuentos para chicos. No teníamos la menor idea acerca de qué era la literatura infantil, pero tampoco nos preguntamos demasiado al respecto. Sencillamente nos pusimos a escribir y llevamos varios cuentos que fueron aceptados por Graciela Montes, que era quien dirigía la colección. Ella fue muy generosa, nos dio buenos consejos. Tanto para mis amigos (Oche Califa y Horacio López), que son dos escritores muy reconocidos, como para mí, la literatura infantil fue más que nada el descubrimiento de un género al que podíamos abordar como un juego, como un divertimento", dirá en la entrevista con Claudia Elena Vidal en "7 Calderos Mágicos".

Hasta 1988 dirigirá la revista literaria "Mascaró". Durante esos años, recorrió distintas provincias argentinas dictando talleres en bibliotecas y escuelas para la Dirección Nacional del Libro y colaboró para varias revistas y suplementos infantiles como Billiken, La hojita, Cordones sueltos, Humi, A-Z diez y Genios.
Se publica, en Buenos Aires, su libro para niños "Eulato", con ilustraciones de Elena Torres (Ediciones Colihue, Colección El Pajarito Remendado).

Eb 1986 la editorial Libros del Quirquincho publica, en Buenos Aires, su libro "El sapo más lindo del mundo". Un años más tarde la editorial Colihue publica, en Buenos Aires, "Cuento con ogro y princesa" (Colección El Pajarito Remendado).

En 1988 se publican, en Buenos Aires, "Botella al mar" (Libros del Quirquincho), "Cuentos ridículos" (Métodos), "El mar preferido de los piratas" (Sudamericana), y "Silbidos en el cielo" (ediciones Mascaró).
"Para Mariño, el uso del humor, de las ’ridiculeces’, le permiten desmitificar anacrónicas costumbres y rígidas enseñanzas, como propone en la dedicatoria a la edición de ’Cuentos ridículos’: estos relatos son para ’niños que no aguantan la risa en las silenciosas bibliotecas, alumnos que inevitablemente producen ruidos espantosos en la clase de música, genios que inventan maravillosos sobrenombres, valientes que cuentan hazañas que jamás hicieron, locas criaturas que algún día harán de este mundo un sitio más divertido, sepan que este libro ridículo les está dedicado’, escribió Susana Itzcovich, en Papeles de Biblioteca, Libros del Quirquincho, Buenos Aires, 1992. En este año recibe el Premio Casa de las Américas por el libro "Cuentos Ridículos". En 1989 por su obra para adultos recibe el Segundo Premio Municipal de Buenos Aires. Pero, su labor como escritor no finaliza vendrán muchos más libros.

En 1991 aparecen, en Buenos Aires, "Cinthia Scoch y la guerra al malón" y "Un chico preso en un castillo" (Sudamericana), "La casa maldita" (Alfaguara), "El cumpleaños de Lola" (Santillana) y "Cuentos espantosos" (Libros del Quirquincho). En colaboración con Silvia Schujer publica "Cuentos y cantos de amor" (Editorial Bonum).


Reproducimos uno de sus cuentos: "Cinthia Scoch y el lobo".


El lobo apareció cuando Cinthia Scoch ya había atravesado más de la mitad del Parque Lezama.
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-iHola! iPero qué linda niña! Seguro que vas a visitar a tu abuelita -la saludó.

-Sí, voy a visitarla y a llevarle esta torta porque está enferma.

-¿Y si la torta está enferma para qué se la llevas? ¿Tu idea es matarla?

-No, la que está enferma es mi abuela. La torta está bien.

-Ah, entiendo. Entonces puedo dejarme la torta como postre.

-¿Cómo?

-Que me gustaría acompañarte para que no te ocurra nada malo en el camino. Por acá anda mucho elemento peligroso. ¿Cuál es tu nombre?

-Cinthia Scoch.

-Lindo nombre.

-¿Usted cómo se llama?

-Jamás me llamo. Siempre son otros los que me llaman. ¿Vamos?

A poco de caminar, Cinthia y el lobo encontraron a una chica y a un chico que estaban sentados sobre un tronco, llorando.

-Pobres... -se apenó Cinthia-. ¿Qué les ocurrirá?

-Bah, no te detengas -murmuró el lobo-. Ya te dije: este lugar está lleno de pordioseros y granujas. Deben ser ladrones, carteristas, drogadictos, mendigos.

Pese a la advertencia, Cinthia se acercó a los niños.

-Estamos extraviados -le explicaron-. Nuestro padre nos abandonó porque se quedó sin trabajo y no tenía para alimentarnos.

-Lo siento -dijo Cinthia.

-¿Para qué? -preguntó el lobo, impaciente-. iSi ya está sentado! Mejor vamos a lo de tu abuelita.

-¿Cómo se lla... perdón, cuáles son sus nombres, chicos? -preguntó Cinthia.

-Yo, Hansel -respondió el chico, mirando con simpatía a Cinthia.

-Y yo, Gretel -balbuceó la nena, secándose las lágrimas con la manga del pulóver y mirando desconfiada al lobo.

-Bueno, vengan con nosotros. Vamos a lo de mi abuela y allá, mientras nos comemos esta torta, podemos pensar en alguna solución -propuso Cinthia.

Los cuatro siguieron camino. El lobo iba malhumorado porque se le estaba complicando el plan de comerse a Cinthia. De la rabia, no dejaba de patear cuanta piedrita había en el sendero.

Poco después se toparon con un grupo de siete niños o, para ser más preciso, seis y medio, ya que uno era una verdadera miniatura. Venían marchando en fila con el chiquitín adelante, y al encontrarse con los otros se detuvieron, confundidos.

-¿Perdieron algo? -los interrogó Cinthia.

-Es que... veníamos siguiendo unas piedritas que yo había dejado caer en el camino de ida para orientarnos al volver. Era la única forma que teníamos de encontrar el camino de regreso a nuestra casa...

-No entiendo -dijo Cinthia.

-Nuestros padres nos abandonaron porque no tienen trabajo -empezó a explicar el pequeñito.

-¡No lo había dicho, yo! ¡Este lugar está infestado de pordioseros, huérfanos y delincuentes! -lo interrumpió el lobo, tirando del brazo de Cinthia. Pero ella se resistió.

-¡Un momento! ¡Debemos prestar atención a este niñito!

-¡No hay que prestar nada! ¡Después no te lo devuelven!

-El problema es que en esta parte del camino las piedras han desaparecido -terminó de explicar el niñito.

Cinthia miró furiosa al lobo y éste se hizo el desentendido.

- Vengan con nosotros a lo de mi abuela. ¡Llevo una torta!

-Muchas gracias -dijo el chiquitín, emocionado, y muy respetuosamente se presentó:

-Me llaman Pulgarcito, y éstos son mis hermanos.

Continuaron camino.

El lobo estaba cada vez más impaciente porque al ser tantos, se complicaba el plan de comerse a Cinthia. Aunque enseguida, pensándolo mejor, se le ocurrió algo:

-Querida Cinthia -dijo el lobo-, como ya encontraste amiguitos que te pueden acompañar, puedo regresar a mis quehaceres. Hasta pronto y que les vaya bien a todos.

-Adiós, señor. Gracias por su compañía. Poco después el grupo llegó a la casa de la abuela. Cinthia golpeó la puerta y esperó. Pero en lugar de permitirle pasar con todos sus amigos, la abuela le dijo:

-Ay, querida, justo hoy que estoy enferma me visitas con todos tus amiguitos. ¡No quiero contagiarlos!

-Está bien, abuela -respondió Cinthia, desilusionada. Les pidió a los chicos que la esperaran afuera, y le dio la torta a Hansel para que la tuviera.

Una vez que pasó al interior de la casa, la abuela cerró la puerta y la miró de una manera extraña.

Cinthia notó algo raro.

-¡Qué orejas tan grandes, abuela!

-Para escuchar mejor lo que dicen los vecinos, querida.

-¡Y qué peludas tus manos!

-Para ahorrar en guantes...

-¡Y qué boca tan grande!

-¡Estaba esperando que dijeras eso! -exclamó el lobo, desfigurado de bestialidad-. Tengo esta boca tan grande... ¡para comerrrr...! -había empezado a decir la abuela, cuando se escucharon tres enérgicos golpes en la puerta.

Cinthia abrió. Era una loba.

-Vengo a buscar a mi marido.

-Acá no hay ningún lobo -le explicó Cinthia.

-No estoy para bromas, nena. Puedo oler a ese inútil a trescientos metros. ¡Oh! Ahí está. ¿Qué hace disfrazado de anciana humana? ¿De dónde sacó esa ropa?

-¡Sólo estaba haciéndole una broma a esta simpática criatura! -dijo el lobo.

-¿Broma? ¡Cómo para bromas estoy yo! -dijo la loba-. Acabo de encontrar a dos cachorros humanos en el parque. Sus padres los han abandonado. Se llaman Rómulo y Remo y pienso amamantarlos yo misma. Es necesario que vengas conmigo y me ayudes a armarles un lugar donde puedan dormir -dijo, o más bien ordenó, la loba.

Cuando el lobo se marchó, Cinthia, que no había entendido nada de lo ocurrido, encontró a su verdadera abuela amordazada en el baño. Sólo cuando la anciana se calmó, pudieron entrar los demás chicos y entre todos comieron la torta.

Los chicos vivieron unos días con la abuela de Cinthia y luego pudieron regresar con sus padres.

Hansel y Gretel, como todo el mundo sabe, lograron encontrar el camino que conducía a la casa de sus padres, aunque antes debieron vencer a una bruja que los tuvo prisioneros varios días.

Pulgarcito y sus hermanos también pasaron ciertas peripecias para regresar con su familia, pero finalmente lo consiguieron gracias al ingenio del diminuto, que hasta llegó a casarse con una princesa.

En cuanto al lobo, se vio obligado a buscar comida para alimentar a los robustos y apetentes Rómulo y Remo, y ya no tuvo tiempo para fechorías. De grandes, los niños viajaron a Europa y fueron muy importantes, aunque como hermanos no se puede decir que se llevaran bien.

La loba, por último, fue apreciada por todo el barrio de San Telmo, que premió su gesto levantando una estatua en el mismo Parque Lezama. Cualquiera que pase por allí puede verla. Es una escultura que muestra a una loba y a los dos niños, y está ubicada en el sitio donde el animal los encontró.

De Cinthia Scoch no podemos agregar demasiado, pero se dice que por allí circula un libro que cuenta parte de sus aventuras.

FIN

-Cinthia Scoch y el lobo de Ricardo Mariño. Incluido en Cinthia Scoch, Buenos Aires, Sudamericana, 1991. Ilustraciones: Juan Noailles. Colección Pan flauta.